Ayer fuimos a visitar
a mi mejor amigo Asier. Ha sido padre hace 4 meses y nos invitó a casa a conocer
a su churumbel. Pensé para mis adentros que sería una buena oportunidad de ver
desde la barrera como iba a ser mi vida a partir de ahora. Asier se iba a
encargar bien rápido de que no fuese un simple observador de la ONU en Afganistán
y de que rápidamente cogiese el fusil y empezase a pegar los primero tiros de
paternidad.
Hace un año, cuando entraba en su casa, me recibía con una cerveza
ya abierta en la mano y un buen abrazo. Esta vez y casi sin decirme hola, lo
primero que hizo fue ponerme a su hijo en brazos y soltarme un:
- Te presento a Mario. Ten, para que te vayas haciendo a la idea!
Si la traición de Judas ha sido la más famosa de la historia
de todos los tiempos, mi amigo le estaba dando con este gesto, una nueva
dimensión al asunto.
Lo cogí como si de una bomba de relojería se tratase. Parece
ser que mi subconsciente me estuviese previniendo de un mal mayor. Estábamos en
la cocina en silencio. Asier me miraba como esperando algo. Yo miraba al peque
fijamente a los ojos, deseando que se pusiese a llorar y a reclamar el contacto
de la madre, para lograr así librarme de la carga. Lejos de amedrentarse, la
criatura me devolvió la mirada como si de Clint Eastwood en un Spagheti Western
se tratase. Yo no estaba dispuesto a dejarme amedrentar, así que fruncí el ceño
todo lo que pude.
Me pilló totalmente desprevenido. Soltó un abundante chorro
de vomitona sobre mí. El padre, que ya se lo esperaba, comenzó a reírse.
- Judas! Tú ya sabías esto!!
No dijo nada y se quedó como esperando algún acontecimiento
mayor. El crio me giñó un ojo (o eso pensaba yo) como recochineándose de lo que
acababa de pasar. Al instante comenzó a emanar un tufo insoportable y altamente
indicador de que la vomitona era solo una parte de la venganza que su padre me
tenía preparada.
Y así, cagado y vomitado, me animó a cambiar mi primer
pañal. “Vamos a ver qué tal se te da!” me soltó.
El día que Chernovyl reventó en mil pedazos, toda la basura
radiactiva que expulsó al exterior debió de ser más soportable que lo que me encontré
al abrir el pañal de Mario. La mezcla del olor a vómito que tenía encima
combinado con el olor intenso y penetrante que invadió la habitación, podría
haber hecho llorar al mismísimo Chuck Norris.
El caso es que el peque, entre risa y risa, decidió rematar
la faena soltándome una buena meada encima mientras trataba de ponerle el
pañal.
- Te lo habrás pasado genial!. Le dije a mi amigo, tratando de descubrir si había algo más para lo que debía estar prevenido.
- Le has caído bien – me respondió
Miré de nuevo al bichejo y me estaba sonriendo entre
complacido y divertido. Me salió darle un beso de forma natural.
Esto es ser Papá, pensé.
Nunca imaginé que le fuese a dar las gracias a alguien por
hacerme una perrería como aquella. Por fin, se lo devolvimos a su madre y Asier me ofreció la
cerveza que estaba esperando antes de llegar.
Ya en el coche, mi mujer me soltó:
- Cari! creo que tienes que limpiar el coche. Huele fatal!
Lejos de ofenderme, sonreí y le dije:
- Me parece que nos vamos a tener que ir acostumbrando a llevar el coche sucio.
Buen día Padrazos!
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