El momento en que ves
a tu hijo por primera vez.
El momento en que lo
tienes en brazos por primera vez.
El momento en que le
ves sonreír por primera vez.
El momento en que
llora por primera vez (y ya no para de hacerlo…)
Desde que sales del paritorio,
todo son primeros momentos y, todos ellos te provocan grandes sensaciones. Tras
una larga noche de parto, al fin nos reunimos los tres, exhaustos pero felices.
Nada más entrar en la habitación,
la enfermera nos ofreció toda su ayuda. Ya con el Morrosko en brazos, y como
buen padre primerizo, lo único que se me pasó por la cabeza fue preguntarle si
quería venirse a vivir con nosotros indefinidamente… Me vendí como una familia simpática
y joven, pero no coló.
Aproveché la primera visita de
abuelos para irme a casa a darme una ducha. La Amatxito no lo sabe aún
(evidentemente a partir de ahora si lo sabrá) pero según entré casa, me puse a
llorar y no paré hasta una hora después. No sabría daros un motivo, pero os
garantizo que no había en mí sentimiento alguno de tristeza. Diría que fueron
miles de emociones contenidas que salieron de golpe.
A mi vuelta, el cuerpo solo me
pedía dormir (ya eran más de 30 horas sin poder hacerlo). La realidad se impuso
rápidamente. Un bebe lactante normal, come cada 3 horas como máximo. Nuestro
Morrosko es un glotón que demanda cada 40 y que no se sacia nunca, por lo que
la primera noche fue guerrera. Si a eso
le añades que no tienes ni idea de por dónde vienen los tiros cada vez que se
hecha a llorar, no pegamos ojo ninguno de los dos.
Eso sí, decidí tomarle la palabra
a la enfermera y de paso, agotar su paciencia. Estas señoras tienen el cielo
ganado, os lo digo yo!
Resulta curioso cómo me he
descubierto a mí mismo, dormilón empedernido, aguantando días y días seguidos
durmiendo entre 3 y 5 horas (con suerte) y seguir aguantando el tirón con
ganas. Creo que esto forma parte del proceso de ser papá.
Buen día, Padrazos!

No hay comentarios:
Publicar un comentario