El día de la vuelta a casa, es
justo uno de esos días en los que envidias a tu hijo por llevar pañales y poder
hacérselo encima siempre que quiera.
Me imagino que la Amatxito estaba
aún más asustada que yo, por lo que traté de hacerle la vuelta al hogar, tan
dulce como me fue posible.
Nada más entrar por la puerta, el
Morrosko se ocupó de que fuésemos aprendiendo las lecciones pendientes bien
rápido. Pañal sucio, llorera potente (para anunciar su llegada a los vecinos,
claro está) y sesión de Siska (pecho en ruso) para calentar motores.
Lo mejor de todo es que nuestro
peke ha descubierto una nueva forma de divertirse a nuestra costa. Parece que
le gusta cómo le cambiamos el pañal. De hecho, se siente tan a gusto que, por
norma, nos suelta una buena meada encima con cada cambio. El truquito de poner
la toallita húmeda encima es muy útil para que no te acierte en el ojo. Pero la
puñeta está en que te lo pone todo perdido igualmente.
Hasta el momento, yo tengo el
record absoluto con tres pises seguidos en un solo cambio de pañal. Ese día me
mojó hasta el cuadro de la abuela. Para mí que en cuanto pueda hablar, lo
primero que dirá es: Aita! Quiero ser Bombero!!!!
Buen día, Padrazos!

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